3)Mehldau
Empezó la canción, esa tan triste que siempre la hacía llorar, esa que siempre escucharon juntos en la casa de ambos, bajo la luz tenue de la lámpara y con la que ella tantas veces le escribió palabras de amor. Aquella canción sonaba no sólo en sus oídos sino en su corazón y ahora con toda la energía que traen los recuerdos que uno lleva tiempo intentando no visitar, venía a vestirla de ese luto inadmisible que provocan los amores que no se han terminado de matar. La canción y su mensaje, se apropiaron de sus ojos y los llenaron de infinitas lágrimas que pugnaban por una salida triunfal sin reparar en el momento, ni el lugar, y que resbalaron velozmente por su cara ante la mirada atónita de un repentino público.
Se escurrieron por su cara, continuaron por su pecho, bajaron por su torso y la bañaron a ella, y a sus sorprendidos observadores, regaron los árboles de la zona y aumentaron el caudal de los ríos cercanos. La lluvia se fue a regar otros lugares e incluso se tomó unas vacaciones y todo lo que creció a partir de aquellas lágrimas cubrió el firmamento de verde esperanza.
Pero eso ocurrió más tarde, mientras la canción interminable aún sonaba, llegó él. Aunque había sido la misma canción para los dos, él ya no la recordaba, como tampoco se acordaba de la luz tenue, ni de las caricias, ni de las palabras que ella le escribió. A ella sí la recordaba, y saber que tenía poder para causar dolor a alguien que lo amaba, embriagaba de satisfacción a su orgullo. Buscó en los ojos de ella alguna consecuencia de su proximidad, algún brillo acuoso que le garantizase aquel poder de años, pero había llegado demasiado tarde. Caminaba, sin saberlo, encima de las últimas lágrimas que a ella le quedaban.
sábado, 14 de noviembre de 2009
El amor 3
2)Antes de ti
Ella cerró los ojos y susurró infinitas veces aquellas tres palabras “antes de ti”, y las palabras de tanto repetirse se extendieron hasta el horizonte como una alfombra de sílabas gastadas y aplastadas por todo el pasado que cargaban cuando se pronunciaban juntas. Abrió los ojos, sin dejar de susurrarlas, y se dio cuenta de que“ti” eran dos. El de esa frase que tanto repetía, ya no estaba más. Curiosamente ese con el que siempre hizo planes de futuro era sólo parte del pasado.
Mientras su mantra se alejaba más y más de su conciencia, se dio cuenta de que era incapaz de concretar el momento en el que su auténtico “ti” había dejado de existir para convertirse en otra cosa. En su mente había recuerdos de ambos, pero en ninguno de ellos había una percepción de algún tipo de metamorfosis...¿Cuándo ocurrió?, ¿en qué momento su “después” pasó a ser una blasfemia de lo que soñó que sería? Rebuscó en su memoria algún momento capaz de atesorar el cambio y no lo halló. ¿Y ella?, ¿era ella “antes de Ti”?, sentía como si su “yo” se hubiera borrado... “Ti” se había colado hasta en su propio nombre. Y entonces lo vio claro, Ti y Yo no existían más. Se habían vertido en el mismo vaso y se habían diluido como un café con leche aquella tarde de diciembre en la que habían decidido que desayunarían juntos cada mañana.
Ella cerró los ojos y susurró infinitas veces aquellas tres palabras “antes de ti”, y las palabras de tanto repetirse se extendieron hasta el horizonte como una alfombra de sílabas gastadas y aplastadas por todo el pasado que cargaban cuando se pronunciaban juntas. Abrió los ojos, sin dejar de susurrarlas, y se dio cuenta de que“ti” eran dos. El de esa frase que tanto repetía, ya no estaba más. Curiosamente ese con el que siempre hizo planes de futuro era sólo parte del pasado.
Mientras su mantra se alejaba más y más de su conciencia, se dio cuenta de que era incapaz de concretar el momento en el que su auténtico “ti” había dejado de existir para convertirse en otra cosa. En su mente había recuerdos de ambos, pero en ninguno de ellos había una percepción de algún tipo de metamorfosis...¿Cuándo ocurrió?, ¿en qué momento su “después” pasó a ser una blasfemia de lo que soñó que sería? Rebuscó en su memoria algún momento capaz de atesorar el cambio y no lo halló. ¿Y ella?, ¿era ella “antes de Ti”?, sentía como si su “yo” se hubiera borrado... “Ti” se había colado hasta en su propio nombre. Y entonces lo vio claro, Ti y Yo no existían más. Se habían vertido en el mismo vaso y se habían diluido como un café con leche aquella tarde de diciembre en la que habían decidido que desayunarían juntos cada mañana.
el amor 2
"Yo te quería".- dijo Ana mientras con sigilo le cortaba el dedo índice a Juan que la miraba impasible. "Yo te quise".- respondió Juan como si utilizando el perfecto simple quisiera acabar con todo rastro de ese amor en el presente. Ella entonces, con ira incontenida, clavó el cuchillo en la mano de él, que no se inmutó. "¿Por qué no me quieres ya?", preguntó Ana, "¿No dijiste que era para siempre?" Y Juan, sin una sola muestra de dolor la observó y le habló de sus planes para hoy, sin ella. Recordó, mientras con el muñón de su índice se tocaba la frente, que tenía cita con el médico a las dos, que aún quedaba arroz de ayer en la nevera para cenar y un poco de tomate y mozzarella, que le gustaba ese nuevo libro que había empezado, que deseaba que mañana hiciera buen tiempo, que le había salido un granito en la comisura del labio superior...
Ana le clavó el cuchillo en el estómago mientras gritaba: ¡Quiéreme hijo de puta!, pero ya él no la miraba. Ella se había convertido en un zumbido molesto, en un calor sofocante que se colaba por alguno de sus poros y le embriagaba el cuerpo como una resaca de garrafón. Su mirada impasible se convirtió en una mirada hastiada y era Ana quien lloraba mientras le clavaba la última puñalada en el corazón mismo, porque era ella quien se desangraba, era su propio corazón ahora muerto el que había abierto en dos con sus palabras afiladas.
No hiere el que quiere, sino el que puede, y él ya estaba muy lejos de cualquier dolor que ella pudiera causarle.
Ana le clavó el cuchillo en el estómago mientras gritaba: ¡Quiéreme hijo de puta!, pero ya él no la miraba. Ella se había convertido en un zumbido molesto, en un calor sofocante que se colaba por alguno de sus poros y le embriagaba el cuerpo como una resaca de garrafón. Su mirada impasible se convirtió en una mirada hastiada y era Ana quien lloraba mientras le clavaba la última puñalada en el corazón mismo, porque era ella quien se desangraba, era su propio corazón ahora muerto el que había abierto en dos con sus palabras afiladas.
No hiere el que quiere, sino el que puede, y él ya estaba muy lejos de cualquier dolor que ella pudiera causarle.
El amor 1
Uno siempre quiere ser diferente, especial. Por eso nos enganchamos al amor, porque nos lo hace creer. El amor hace sentir importante, hace creer en la magia, en la unidad, en la eternidad. Todo es un cuento de hadas, una borrachera diaria de besos y arrumacos y te haces adicto al amor, y quieres que dure. Y sigues bebiendo de eso porque es la droga más hermosa que existe, hasta que de repente, pierdes el móvil y has de usar el antiguo de tu actual pareja y te encuentras con fotos de sus ex desnudas (tres o cuatro), mensajes de amor que ella le enviaba y lo que es peor, mensajes que él le enviaba a ella donde las palabras son las mismas que te envía a ti, el mensaje es el mismo y las faltas de ortografía también. De repente te das cuenta de que no eres tan especial como sentías y una nube de decepción se te posa en los ojos y te llueve todas las ilusiones y tu mundo y tu plan y todo lo que hasta ahora era especial se vuelve mierda. Tu sueño futuro se desmorona, tú te desmoronas y quieres desmoronarlo a él. Quieres aniquilar su amor propio como él, sin saberlo ha hecho con el tuyo, y lo haces. Lo destrozas todo, dejas que las palabras más duras y mezquinas revienten cualquier posibilidad de vida, o de resurrección casi, de esa hipocresía que ya no te hace especial y por tanto no te engancha. Y te mueres con ella. Pasas el mono dolorosísimo, los cambios drásticos desarrollas la capacidad de comenzar de la nada, y cuando como un turista te acercas a observar las ruinas de tu pasado, compruebas que en ellas hay pedazos enteros de ti que hablan de aquello con lo que no contaste, y es que a ti también te ha pasado. Tú también dijiste las mismas palabras, abrazaste con igual fervor y besaste con la misma pasión a los anteriores, no a todos, pero sí a todos aquellos con los que elegiste quedarte, porque cada persona que se ama es la mejor, la eterna, la futura, es ella. Porque el amor siempre es el mismo, cambian las personas pero no el modo de vivirlo. Ahora esperas a otro, un escritor original y creativo tal vez, que odie los móviles y las faltas de ortografía.
2007
ELLA
Él tenía una abuela, de esas de pelo gastado, mirada dura y tantos surcos en la cara como lágrimas se le escurrieron por la vida. Era austera por temerosa de ese Dios, compartido e inclemente, que mandaba a los malos al purgatorio (cuando éste aún existía) y a los muy malos a un infierno, panacea de éstos últimos y de los comunistas.
A ella le gustaba escuchar, escondida en silencio, tras la puerta, las notas que los dedos de su nieto dibujaban en su teclado diminuto. Él jugaba con negras y blancas a un ajedrez sin ganador en el que la única victoria era hacer escalas creativas sin final. Construía eternas melodías que aún se escuchan en las noches más oscuras. Hizo canciones para el viento y que el viento elevó a oídos solitarios de músicos sin musa, (porque hay quien dice que las canciones están en el aire y luego algunos las cogen y las hacen suyas).
Una mañana en que el sol los despertó, tan juntos como siempre, la vieja decidió tejerle a su nieto el futuro que a ella jamás le brindaron y fue corriendo a la tienda a comprarle la ilusión del mañana. Sus rodillas gastadas de limpiar el suelo de burgueses que jamás reconocerían su trabajo y sus pulmones atiborrados de la mierda de un pasado del que tuvo que comer, no impidieron que cargara con el sueño pesado de su nieto: un teclado enorme de los años 80.
Él le regalaba canciones, compañía y sonrisas de agradecimiento. y ella, a cambio, cenas disfrazadas de aquella mujer que por deber le dolía ser.
Después de vivir ausencias provocadas por los años, después del miedo y las dudas que a todo anciano provoca la cercanía de la muerte, decidió que le llegaba la hora, la aceptó...y se recostó en una cama mustia que, sin cubierta de madera, ya era un ataúd. Cuando le quedaban horas, porque todos lo sabían, lo llamaron a él, y mientras él tocaba ella cantaba con su último suspiro dejando sus miedos, sus tabúes, y su acento aranés en la memoria de los que la quisieron y en su nieto la añoranza del olor a huevos con patatas como un modo de esgrimir los futuros “te quieros” que ella con palabras nunca le dijo.
Él tenía una abuela, de esas de pelo gastado, mirada dura y tantos surcos en la cara como lágrimas se le escurrieron por la vida. Era austera por temerosa de ese Dios, compartido e inclemente, que mandaba a los malos al purgatorio (cuando éste aún existía) y a los muy malos a un infierno, panacea de éstos últimos y de los comunistas.
A ella le gustaba escuchar, escondida en silencio, tras la puerta, las notas que los dedos de su nieto dibujaban en su teclado diminuto. Él jugaba con negras y blancas a un ajedrez sin ganador en el que la única victoria era hacer escalas creativas sin final. Construía eternas melodías que aún se escuchan en las noches más oscuras. Hizo canciones para el viento y que el viento elevó a oídos solitarios de músicos sin musa, (porque hay quien dice que las canciones están en el aire y luego algunos las cogen y las hacen suyas).
Una mañana en que el sol los despertó, tan juntos como siempre, la vieja decidió tejerle a su nieto el futuro que a ella jamás le brindaron y fue corriendo a la tienda a comprarle la ilusión del mañana. Sus rodillas gastadas de limpiar el suelo de burgueses que jamás reconocerían su trabajo y sus pulmones atiborrados de la mierda de un pasado del que tuvo que comer, no impidieron que cargara con el sueño pesado de su nieto: un teclado enorme de los años 80.
Él le regalaba canciones, compañía y sonrisas de agradecimiento. y ella, a cambio, cenas disfrazadas de aquella mujer que por deber le dolía ser.
Después de vivir ausencias provocadas por los años, después del miedo y las dudas que a todo anciano provoca la cercanía de la muerte, decidió que le llegaba la hora, la aceptó...y se recostó en una cama mustia que, sin cubierta de madera, ya era un ataúd. Cuando le quedaban horas, porque todos lo sabían, lo llamaron a él, y mientras él tocaba ella cantaba con su último suspiro dejando sus miedos, sus tabúes, y su acento aranés en la memoria de los que la quisieron y en su nieto la añoranza del olor a huevos con patatas como un modo de esgrimir los futuros “te quieros” que ella con palabras nunca le dijo.
29 de marzo
Me dejo caer entre tus manos grandes y ásperas que parecen sujetarme dentro del pozo que visitamos juntos y del que tú probablemente no eres consciente porque lo has transformado en tu hogar.
Tus besos, tu espalda, tus silencios de mirada perdida, los fragmentos de pasado que me cuentas, los secretos que te guardas, parecen parte de mi vida ya y a veces me da miedo. Me da tanto miedo caerme de entre tus brazos que casi prefiero vivir contigo en el pozo.
Enamorarse es tan doloroso como placentero, sobre todo al principio, es como apostar toda tu fortuna a un número y cada día que pasa hacer la misma apuesta...
Me tiemblan los recuerdos en el estómago, e imagino tus manos en mi espalda como un escudo y un latigazo de esperanza me recorre el cuerpo y quiero que tus manos se queden ahí para siempre...y te lo digo, y a veces dudo de si debería o no decirte tantas veces cómo me siento...y entonces entras por la puerta y descubro que no hay nada que ya pueda hacer para evitar quererte...que no hay nada de ti que no quiera descubrir y que no sé cuánto durará...pero me encanta
Tus besos, tu espalda, tus silencios de mirada perdida, los fragmentos de pasado que me cuentas, los secretos que te guardas, parecen parte de mi vida ya y a veces me da miedo. Me da tanto miedo caerme de entre tus brazos que casi prefiero vivir contigo en el pozo.
Enamorarse es tan doloroso como placentero, sobre todo al principio, es como apostar toda tu fortuna a un número y cada día que pasa hacer la misma apuesta...
Me tiemblan los recuerdos en el estómago, e imagino tus manos en mi espalda como un escudo y un latigazo de esperanza me recorre el cuerpo y quiero que tus manos se queden ahí para siempre...y te lo digo, y a veces dudo de si debería o no decirte tantas veces cómo me siento...y entonces entras por la puerta y descubro que no hay nada que ya pueda hacer para evitar quererte...que no hay nada de ti que no quiera descubrir y que no sé cuánto durará...pero me encanta
Derrota
Fin de año 2008
Llegar al alba, ver el sol con los ojos repletos de sombras y dudas. Ver el sol y no querer ir a dormir, como si así se pudieran evitar la resaca y la culpa. Llegar sola y llena de vacío, ¿cómo se llena una de vacío? La noche la atravesé en un segundo, mañana no recordaré los nombres, ni las caras, pero hoy me invade un amor intenso por estos chicos que hablan desde nuestra verdad absoluta.
Escucho estupideces y no me lo parecen y por eso yo las digo aún más fuerte. La estupidez es baluarte de esta noche sin tregua.
La oscuridad fue o es testigo de historias, de detalles, algunos hermosos, que se han paseado delante de mi, olores, palabras, gestos, miradas, universos de segundos que podría haber conservado en mi mente futura...y todo lo que yo retuve fueron luces y sombras en mi vaso de derrota.
Ahora ya no recuerdo cómo se recuerda, ni me importa. En mi memoria sólo quedan miles de mañanas-tardes como esta, que siguen a una noche fantasma y que guardan el sabor de las manos temblorosas, la cabeza que rueda, las preguntas de siempre, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿qué es esto que guardo en el bolsillo? Un pedazo de memoria de otro.
¿Dónde me llevó la noche? ¿a qué lugar remoto de mí misma y del mundo? Recojo mis trozos y tardo días en unirnos, es más fácil juzgarse dividida, frágil y hablar de mí como si fuera otra. Así llega más fácil el perdón y se aligeran la vergüenza y el dolor.
Recojo mi noche, que es mía, la doblo y la almaceno en el armario de las noches perdidas, que es casi infinito, una más que no recuerdo, una más en que no dormí, ni soñé. Y junto a la noche que pierdo se pierden otras cosas, se pierde la fe en uno mismo, el valor de uno mismo, se pierden personas, oportunidades y sobre todo tiempo...se pierde mucho tiempo pensando cuándo será que todo explotará y podré de veras empezar de nuevo.
El último cigarro prometo, la última copa prometo y ambos desaparecen con mis ganas de seguir creyendo en mí.
Llegar al alba, ver el sol con los ojos repletos de sombras y dudas. Ver el sol y no querer ir a dormir, como si así se pudieran evitar la resaca y la culpa. Llegar sola y llena de vacío, ¿cómo se llena una de vacío? La noche la atravesé en un segundo, mañana no recordaré los nombres, ni las caras, pero hoy me invade un amor intenso por estos chicos que hablan desde nuestra verdad absoluta.
Escucho estupideces y no me lo parecen y por eso yo las digo aún más fuerte. La estupidez es baluarte de esta noche sin tregua.
La oscuridad fue o es testigo de historias, de detalles, algunos hermosos, que se han paseado delante de mi, olores, palabras, gestos, miradas, universos de segundos que podría haber conservado en mi mente futura...y todo lo que yo retuve fueron luces y sombras en mi vaso de derrota.
Ahora ya no recuerdo cómo se recuerda, ni me importa. En mi memoria sólo quedan miles de mañanas-tardes como esta, que siguen a una noche fantasma y que guardan el sabor de las manos temblorosas, la cabeza que rueda, las preguntas de siempre, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿qué es esto que guardo en el bolsillo? Un pedazo de memoria de otro.
¿Dónde me llevó la noche? ¿a qué lugar remoto de mí misma y del mundo? Recojo mis trozos y tardo días en unirnos, es más fácil juzgarse dividida, frágil y hablar de mí como si fuera otra. Así llega más fácil el perdón y se aligeran la vergüenza y el dolor.
Recojo mi noche, que es mía, la doblo y la almaceno en el armario de las noches perdidas, que es casi infinito, una más que no recuerdo, una más en que no dormí, ni soñé. Y junto a la noche que pierdo se pierden otras cosas, se pierde la fe en uno mismo, el valor de uno mismo, se pierden personas, oportunidades y sobre todo tiempo...se pierde mucho tiempo pensando cuándo será que todo explotará y podré de veras empezar de nuevo.
El último cigarro prometo, la última copa prometo y ambos desaparecen con mis ganas de seguir creyendo en mí.
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