2)Antes de ti
Ella cerró los ojos y susurró infinitas veces aquellas tres palabras “antes de ti”, y las palabras de tanto repetirse se extendieron hasta el horizonte como una alfombra de sílabas gastadas y aplastadas por todo el pasado que cargaban cuando se pronunciaban juntas. Abrió los ojos, sin dejar de susurrarlas, y se dio cuenta de que“ti” eran dos. El de esa frase que tanto repetía, ya no estaba más. Curiosamente ese con el que siempre hizo planes de futuro era sólo parte del pasado.
Mientras su mantra se alejaba más y más de su conciencia, se dio cuenta de que era incapaz de concretar el momento en el que su auténtico “ti” había dejado de existir para convertirse en otra cosa. En su mente había recuerdos de ambos, pero en ninguno de ellos había una percepción de algún tipo de metamorfosis...¿Cuándo ocurrió?, ¿en qué momento su “después” pasó a ser una blasfemia de lo que soñó que sería? Rebuscó en su memoria algún momento capaz de atesorar el cambio y no lo halló. ¿Y ella?, ¿era ella “antes de Ti”?, sentía como si su “yo” se hubiera borrado... “Ti” se había colado hasta en su propio nombre. Y entonces lo vio claro, Ti y Yo no existían más. Se habían vertido en el mismo vaso y se habían diluido como un café con leche aquella tarde de diciembre en la que habían decidido que desayunarían juntos cada mañana.
sábado, 14 de noviembre de 2009
el amor 2
"Yo te quería".- dijo Ana mientras con sigilo le cortaba el dedo índice a Juan que la miraba impasible. "Yo te quise".- respondió Juan como si utilizando el perfecto simple quisiera acabar con todo rastro de ese amor en el presente. Ella entonces, con ira incontenida, clavó el cuchillo en la mano de él, que no se inmutó. "¿Por qué no me quieres ya?", preguntó Ana, "¿No dijiste que era para siempre?" Y Juan, sin una sola muestra de dolor la observó y le habló de sus planes para hoy, sin ella. Recordó, mientras con el muñón de su índice se tocaba la frente, que tenía cita con el médico a las dos, que aún quedaba arroz de ayer en la nevera para cenar y un poco de tomate y mozzarella, que le gustaba ese nuevo libro que había empezado, que deseaba que mañana hiciera buen tiempo, que le había salido un granito en la comisura del labio superior...
Ana le clavó el cuchillo en el estómago mientras gritaba: ¡Quiéreme hijo de puta!, pero ya él no la miraba. Ella se había convertido en un zumbido molesto, en un calor sofocante que se colaba por alguno de sus poros y le embriagaba el cuerpo como una resaca de garrafón. Su mirada impasible se convirtió en una mirada hastiada y era Ana quien lloraba mientras le clavaba la última puñalada en el corazón mismo, porque era ella quien se desangraba, era su propio corazón ahora muerto el que había abierto en dos con sus palabras afiladas.
No hiere el que quiere, sino el que puede, y él ya estaba muy lejos de cualquier dolor que ella pudiera causarle.
Ana le clavó el cuchillo en el estómago mientras gritaba: ¡Quiéreme hijo de puta!, pero ya él no la miraba. Ella se había convertido en un zumbido molesto, en un calor sofocante que se colaba por alguno de sus poros y le embriagaba el cuerpo como una resaca de garrafón. Su mirada impasible se convirtió en una mirada hastiada y era Ana quien lloraba mientras le clavaba la última puñalada en el corazón mismo, porque era ella quien se desangraba, era su propio corazón ahora muerto el que había abierto en dos con sus palabras afiladas.
No hiere el que quiere, sino el que puede, y él ya estaba muy lejos de cualquier dolor que ella pudiera causarle.
El amor 1
Uno siempre quiere ser diferente, especial. Por eso nos enganchamos al amor, porque nos lo hace creer. El amor hace sentir importante, hace creer en la magia, en la unidad, en la eternidad. Todo es un cuento de hadas, una borrachera diaria de besos y arrumacos y te haces adicto al amor, y quieres que dure. Y sigues bebiendo de eso porque es la droga más hermosa que existe, hasta que de repente, pierdes el móvil y has de usar el antiguo de tu actual pareja y te encuentras con fotos de sus ex desnudas (tres o cuatro), mensajes de amor que ella le enviaba y lo que es peor, mensajes que él le enviaba a ella donde las palabras son las mismas que te envía a ti, el mensaje es el mismo y las faltas de ortografía también. De repente te das cuenta de que no eres tan especial como sentías y una nube de decepción se te posa en los ojos y te llueve todas las ilusiones y tu mundo y tu plan y todo lo que hasta ahora era especial se vuelve mierda. Tu sueño futuro se desmorona, tú te desmoronas y quieres desmoronarlo a él. Quieres aniquilar su amor propio como él, sin saberlo ha hecho con el tuyo, y lo haces. Lo destrozas todo, dejas que las palabras más duras y mezquinas revienten cualquier posibilidad de vida, o de resurrección casi, de esa hipocresía que ya no te hace especial y por tanto no te engancha. Y te mueres con ella. Pasas el mono dolorosísimo, los cambios drásticos desarrollas la capacidad de comenzar de la nada, y cuando como un turista te acercas a observar las ruinas de tu pasado, compruebas que en ellas hay pedazos enteros de ti que hablan de aquello con lo que no contaste, y es que a ti también te ha pasado. Tú también dijiste las mismas palabras, abrazaste con igual fervor y besaste con la misma pasión a los anteriores, no a todos, pero sí a todos aquellos con los que elegiste quedarte, porque cada persona que se ama es la mejor, la eterna, la futura, es ella. Porque el amor siempre es el mismo, cambian las personas pero no el modo de vivirlo. Ahora esperas a otro, un escritor original y creativo tal vez, que odie los móviles y las faltas de ortografía.
2007
ELLA
Él tenía una abuela, de esas de pelo gastado, mirada dura y tantos surcos en la cara como lágrimas se le escurrieron por la vida. Era austera por temerosa de ese Dios, compartido e inclemente, que mandaba a los malos al purgatorio (cuando éste aún existía) y a los muy malos a un infierno, panacea de éstos últimos y de los comunistas.
A ella le gustaba escuchar, escondida en silencio, tras la puerta, las notas que los dedos de su nieto dibujaban en su teclado diminuto. Él jugaba con negras y blancas a un ajedrez sin ganador en el que la única victoria era hacer escalas creativas sin final. Construía eternas melodías que aún se escuchan en las noches más oscuras. Hizo canciones para el viento y que el viento elevó a oídos solitarios de músicos sin musa, (porque hay quien dice que las canciones están en el aire y luego algunos las cogen y las hacen suyas).
Una mañana en que el sol los despertó, tan juntos como siempre, la vieja decidió tejerle a su nieto el futuro que a ella jamás le brindaron y fue corriendo a la tienda a comprarle la ilusión del mañana. Sus rodillas gastadas de limpiar el suelo de burgueses que jamás reconocerían su trabajo y sus pulmones atiborrados de la mierda de un pasado del que tuvo que comer, no impidieron que cargara con el sueño pesado de su nieto: un teclado enorme de los años 80.
Él le regalaba canciones, compañía y sonrisas de agradecimiento. y ella, a cambio, cenas disfrazadas de aquella mujer que por deber le dolía ser.
Después de vivir ausencias provocadas por los años, después del miedo y las dudas que a todo anciano provoca la cercanía de la muerte, decidió que le llegaba la hora, la aceptó...y se recostó en una cama mustia que, sin cubierta de madera, ya era un ataúd. Cuando le quedaban horas, porque todos lo sabían, lo llamaron a él, y mientras él tocaba ella cantaba con su último suspiro dejando sus miedos, sus tabúes, y su acento aranés en la memoria de los que la quisieron y en su nieto la añoranza del olor a huevos con patatas como un modo de esgrimir los futuros “te quieros” que ella con palabras nunca le dijo.
Él tenía una abuela, de esas de pelo gastado, mirada dura y tantos surcos en la cara como lágrimas se le escurrieron por la vida. Era austera por temerosa de ese Dios, compartido e inclemente, que mandaba a los malos al purgatorio (cuando éste aún existía) y a los muy malos a un infierno, panacea de éstos últimos y de los comunistas.
A ella le gustaba escuchar, escondida en silencio, tras la puerta, las notas que los dedos de su nieto dibujaban en su teclado diminuto. Él jugaba con negras y blancas a un ajedrez sin ganador en el que la única victoria era hacer escalas creativas sin final. Construía eternas melodías que aún se escuchan en las noches más oscuras. Hizo canciones para el viento y que el viento elevó a oídos solitarios de músicos sin musa, (porque hay quien dice que las canciones están en el aire y luego algunos las cogen y las hacen suyas).
Una mañana en que el sol los despertó, tan juntos como siempre, la vieja decidió tejerle a su nieto el futuro que a ella jamás le brindaron y fue corriendo a la tienda a comprarle la ilusión del mañana. Sus rodillas gastadas de limpiar el suelo de burgueses que jamás reconocerían su trabajo y sus pulmones atiborrados de la mierda de un pasado del que tuvo que comer, no impidieron que cargara con el sueño pesado de su nieto: un teclado enorme de los años 80.
Él le regalaba canciones, compañía y sonrisas de agradecimiento. y ella, a cambio, cenas disfrazadas de aquella mujer que por deber le dolía ser.
Después de vivir ausencias provocadas por los años, después del miedo y las dudas que a todo anciano provoca la cercanía de la muerte, decidió que le llegaba la hora, la aceptó...y se recostó en una cama mustia que, sin cubierta de madera, ya era un ataúd. Cuando le quedaban horas, porque todos lo sabían, lo llamaron a él, y mientras él tocaba ella cantaba con su último suspiro dejando sus miedos, sus tabúes, y su acento aranés en la memoria de los que la quisieron y en su nieto la añoranza del olor a huevos con patatas como un modo de esgrimir los futuros “te quieros” que ella con palabras nunca le dijo.
29 de marzo
Me dejo caer entre tus manos grandes y ásperas que parecen sujetarme dentro del pozo que visitamos juntos y del que tú probablemente no eres consciente porque lo has transformado en tu hogar.
Tus besos, tu espalda, tus silencios de mirada perdida, los fragmentos de pasado que me cuentas, los secretos que te guardas, parecen parte de mi vida ya y a veces me da miedo. Me da tanto miedo caerme de entre tus brazos que casi prefiero vivir contigo en el pozo.
Enamorarse es tan doloroso como placentero, sobre todo al principio, es como apostar toda tu fortuna a un número y cada día que pasa hacer la misma apuesta...
Me tiemblan los recuerdos en el estómago, e imagino tus manos en mi espalda como un escudo y un latigazo de esperanza me recorre el cuerpo y quiero que tus manos se queden ahí para siempre...y te lo digo, y a veces dudo de si debería o no decirte tantas veces cómo me siento...y entonces entras por la puerta y descubro que no hay nada que ya pueda hacer para evitar quererte...que no hay nada de ti que no quiera descubrir y que no sé cuánto durará...pero me encanta
Tus besos, tu espalda, tus silencios de mirada perdida, los fragmentos de pasado que me cuentas, los secretos que te guardas, parecen parte de mi vida ya y a veces me da miedo. Me da tanto miedo caerme de entre tus brazos que casi prefiero vivir contigo en el pozo.
Enamorarse es tan doloroso como placentero, sobre todo al principio, es como apostar toda tu fortuna a un número y cada día que pasa hacer la misma apuesta...
Me tiemblan los recuerdos en el estómago, e imagino tus manos en mi espalda como un escudo y un latigazo de esperanza me recorre el cuerpo y quiero que tus manos se queden ahí para siempre...y te lo digo, y a veces dudo de si debería o no decirte tantas veces cómo me siento...y entonces entras por la puerta y descubro que no hay nada que ya pueda hacer para evitar quererte...que no hay nada de ti que no quiera descubrir y que no sé cuánto durará...pero me encanta
Derrota
Fin de año 2008
Llegar al alba, ver el sol con los ojos repletos de sombras y dudas. Ver el sol y no querer ir a dormir, como si así se pudieran evitar la resaca y la culpa. Llegar sola y llena de vacío, ¿cómo se llena una de vacío? La noche la atravesé en un segundo, mañana no recordaré los nombres, ni las caras, pero hoy me invade un amor intenso por estos chicos que hablan desde nuestra verdad absoluta.
Escucho estupideces y no me lo parecen y por eso yo las digo aún más fuerte. La estupidez es baluarte de esta noche sin tregua.
La oscuridad fue o es testigo de historias, de detalles, algunos hermosos, que se han paseado delante de mi, olores, palabras, gestos, miradas, universos de segundos que podría haber conservado en mi mente futura...y todo lo que yo retuve fueron luces y sombras en mi vaso de derrota.
Ahora ya no recuerdo cómo se recuerda, ni me importa. En mi memoria sólo quedan miles de mañanas-tardes como esta, que siguen a una noche fantasma y que guardan el sabor de las manos temblorosas, la cabeza que rueda, las preguntas de siempre, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿qué es esto que guardo en el bolsillo? Un pedazo de memoria de otro.
¿Dónde me llevó la noche? ¿a qué lugar remoto de mí misma y del mundo? Recojo mis trozos y tardo días en unirnos, es más fácil juzgarse dividida, frágil y hablar de mí como si fuera otra. Así llega más fácil el perdón y se aligeran la vergüenza y el dolor.
Recojo mi noche, que es mía, la doblo y la almaceno en el armario de las noches perdidas, que es casi infinito, una más que no recuerdo, una más en que no dormí, ni soñé. Y junto a la noche que pierdo se pierden otras cosas, se pierde la fe en uno mismo, el valor de uno mismo, se pierden personas, oportunidades y sobre todo tiempo...se pierde mucho tiempo pensando cuándo será que todo explotará y podré de veras empezar de nuevo.
El último cigarro prometo, la última copa prometo y ambos desaparecen con mis ganas de seguir creyendo en mí.
Llegar al alba, ver el sol con los ojos repletos de sombras y dudas. Ver el sol y no querer ir a dormir, como si así se pudieran evitar la resaca y la culpa. Llegar sola y llena de vacío, ¿cómo se llena una de vacío? La noche la atravesé en un segundo, mañana no recordaré los nombres, ni las caras, pero hoy me invade un amor intenso por estos chicos que hablan desde nuestra verdad absoluta.
Escucho estupideces y no me lo parecen y por eso yo las digo aún más fuerte. La estupidez es baluarte de esta noche sin tregua.
La oscuridad fue o es testigo de historias, de detalles, algunos hermosos, que se han paseado delante de mi, olores, palabras, gestos, miradas, universos de segundos que podría haber conservado en mi mente futura...y todo lo que yo retuve fueron luces y sombras en mi vaso de derrota.
Ahora ya no recuerdo cómo se recuerda, ni me importa. En mi memoria sólo quedan miles de mañanas-tardes como esta, que siguen a una noche fantasma y que guardan el sabor de las manos temblorosas, la cabeza que rueda, las preguntas de siempre, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿qué es esto que guardo en el bolsillo? Un pedazo de memoria de otro.
¿Dónde me llevó la noche? ¿a qué lugar remoto de mí misma y del mundo? Recojo mis trozos y tardo días en unirnos, es más fácil juzgarse dividida, frágil y hablar de mí como si fuera otra. Así llega más fácil el perdón y se aligeran la vergüenza y el dolor.
Recojo mi noche, que es mía, la doblo y la almaceno en el armario de las noches perdidas, que es casi infinito, una más que no recuerdo, una más en que no dormí, ni soñé. Y junto a la noche que pierdo se pierden otras cosas, se pierde la fe en uno mismo, el valor de uno mismo, se pierden personas, oportunidades y sobre todo tiempo...se pierde mucho tiempo pensando cuándo será que todo explotará y podré de veras empezar de nuevo.
El último cigarro prometo, la última copa prometo y ambos desaparecen con mis ganas de seguir creyendo en mí.
domingo, 23 de julio de 2006
La senda
Elegí la senda marchita.
Había escuchado mil historias sobre ese lúgubre camino, que en invierno se llenaba de lodo espeso y del color oscuro de los días tristes. Ese camino en el pueblo donde ni las flores se atrevían a crecer quizá por temor a repetir alguna de sus incontables historias.
Contaban los ancianos del lugar que un soñador huyendo de los miedos de la dictadura había escogido, como yo, la senda marchita, y se había refugiado en el pantano. Allí no halló, el pobre diablo, más que hierbajos y algún que otro lagarto que echarse a la boca y permaneció escondido durante tres años, siete meses y cincuenta y dos días, esperando, tal vez, la suerte del olvido.
Cuando, aislado del mundo, se convirtió en amo y señor de su propio espacio y tiempo, llegó la mano del orden a recordarle que ni siquiera Cronos pudo librarse de su penitencia. El castigo, baluarte del poder y del miedo, aunque yacía ya olvidado en algún recoveco de su también marchita memoria logró encontrarlo. El viejo, medio loco y con la piel en los huesos escogía piedras sobre las que colocaba hierbajos secos y barro, y presentó a sus futuros asesinos su obra, una especie de pesebre al que él llamaba la cuna de la libertad, como un regalo. En ese mismo instante, e irónicamente con total libertad, lo privaron de su vida. Lo hicieron con la prisa de quien prefiere acatar las normas sin cuestionarlas.
Aún antes de su último suspiro, y en medio del dolor, le dio tiempo, al desgraciado soñador, de explicar que igual que Cristo había nacido en un pesebre como un desconocido por todos y había dejado un legado inmenso a la humanidad, su peculiar obra quedaría como símbolo imborrable de una libertad que estaba naciendo. Tampoco el símbolo sobreviviría a la guillotina despótica de la autoridad más antigua, la de la ignorancia. Una vez muerto el artesano, despedazaron la cuna y metieron los trozos en su boca sin aliento, para que su espíritu vagabundo y el pueblo entero, viera como esa misma libertad, aún no nacida, era lo que no le permitiría hablar en la eternidad del infierno. Con la boca cerrada lo enterraron, una boca repleta de metáforas secas.
Escogí la senda marchita, esa senda cubierta de historias de otros, de enamorados que regalaban a los días secos, besos adolescentes y letanías de amores fugaces, de una paz silenciosa que generaba miedo. Muchos decían que danzaban por ella perros vagabundos con dientes afilados y los ojos de hielo, perros que en sus fauces escondían los pecados de quien alguna vez pasó por la vereda. Se decía que Alonso, el abogado hijo de Narciso, antes agricultor, después peón, el abogado que ya no hablaba con la prole, porque su elitista y abyecto lenguaje y la incapacidad de sus vecinos de entender sus ideas le impedían la comunicación. Alonso, antes Alonsito, que tuvo que esperar diez años para obtener el título porque eligió la carrera pensando en lo que de él se hablaría sin tener ni una pizca de interés en leyes ni juzgados, había sido, una vez, atacado por un perro de la senda. Hasta las esquinas más recónditas del pueblo conocían las andanzas de Alonsito visitando a escondidas la casa de la bella Pilar “la fogosa”. Esperaba a escondidas, bajo la ventana para contemplar como Pilar se desnudaba y proporcionaba placer a sus paisanos por unas cuantas monedas. Pilar, sin embargo, era la fogosa de todos menos de Alonso, que conocía la ley y censuraba a los que de la mañana a la noche rociaban sus ansias en el espectacular cuerpo de la Afrodita del lugar. Una tarde en que Pilar le escuchó criticar su desvergüenza, a voz en grito, en medio del mercado, le cerró las cortinas de la alcoba, después de mirarlo fijamente para que supiera que se lo iba a perder porque ella misma, la desvergonzada meretriz con la que seguro soñaba por las noches, así lo había decidido. Dolido y humillado, Alonso la delató a una policía ya conocedora y frecuentadora activa de los placeres frugales de la carne, que ante la insistencia del abogado y el miedo a la ley, no tuvo más remedio que detenerla. Pilar partió al presidio y Alonso se encontró con unas tardes ociosas y vacías de adrenalina. Cuando en una de ellas, como yo, se dirigió a la senda marchita, regresó herido, atontado y con la vista perdida, hablando de los perros del camino y con ellos. Al lavarle la cara amoratada y bañada en sangre descubrieron que le faltaba un ojo. Uno de hielo ocupó su lugar. Su pecado, más vil que el de “la fogosa”, aparecería cada día en el espejo para recordarle que todos los habitantes del pueblo, a quienes, cual Prometeo, había robado el fuego de Pilar, se alegraban de saber que con los abogados también se hacía justicia.
Elegí la Senda marchita, un remanso de paz para aves migratorias, para espejos de mí mismo, que con el rumbo tatuado en la sien de los años recorrían cada primavera el cansancio y el luto de una mudanza forzosa. La recorrí, como ellas, sin conocer mi destino y aún así me llené del bagaje de sus plumas. Corría la voz de que cada año, su llegada vaticinaba un desastre y no pocos eran los que se acercaban a ellas con el ánimo de un investigador furtivo a indagar en su oráculo las sutiles señales de la tragedia. Aníbal, un fornido y agraciado conquistador venido a menos, después de pasar más de cinco años en el psiquiátrico de la capital, tras repentinos ataques de locura, era el consagrado artífice de esta inusitada extravagancia. Todo comenzó, después de regresar del manicomio, con una mirada nueva y una paz antes desconocida, cuando auguró el doble suicidio. Como a Kassandra, de poco le sirvió correr la voz entre los vivos, los muertos ya tenían reservado un lecho de plumas cenicientas para sus futuros recién llegados.
Aníbal decía que tenía sueños, en los que se le revelaban los misterios de la “lectura de plumas” y cuando las aves llegaban al pueblo, un vínculo extraño y más poderoso que sus obligaciones lo amarraba a su compañía con una fuerza incomprensible para el resto. El propio Aníbal contaba su historia, con sus grandes ojos verdes exaltados y gracia de narrador de teatro griego. Una mañana, muy temprano, decía, cuando sus ojos aún estaban cerrados por el letargo del sueño, sintió que algo en la senda lo llamaba y caminó hacia allí casi sonámbulo y descalzo, sintiendo, como yo, el dolor punzante de ortigas que por derecho de años eran propietarias del terreno. Anduvo Aníbal con ánimo y fe ciegos hasta que en el camino encontró uno de esos pájaros medio muerto, y a su lado un corazón hecho de plumas que, según él sintió y declaró, debía haber sido hecho por el propio pájaro. Aníbal no supo qué pensar, pero cuando el pájaro lo miró a los ojos en su último suspiro, no pudo evitar vomitar sobre las ortigas el frío del susto y desde ese momento supo que su vida estaría ligada a la de estas aves para siempre. Volvió a casa haciéndose preguntas y conjeturando frente a un café caliente sobre lo sucedido. Cuando la tarde comenzaba a ahogarse en el mar de sus propias dudas, cuenta Aníbal, que estando medio dormido, como en trance, un ave se posó en su ventana. La siguió, y llegó hasta la senda. Allí el ave lo guió hasta una cueva oscura en la que yacían restos de comida hacinados en bolsas bien cerradas, flores y una especie de altar hecho con una antigua puerta de madera. En ella habían tallado un corazón, el mismo del que el pájaro vino a advertirle y en su centro habían colocado un papel en el que decía:
Sólo la muerte nos permitirá dejar encendida esta pasión por toda la eternidad
Y a través de ella abriremos una puerta a los que, como nosotros no pueden expresar libremente su amor.
Sin entender nada, se marchó. Esa noche soñó con un ave enorme de plumas púrpura, que lo llevaba hasta la senda y le mostraba los cadáveres abrazados de dos jóvenes en el centro de aquel “pseudoaltar” en la cueva. Eran Carlos y Manuel, que en su sueño parecían descansar para siempre en el centro de un corazón latente. Soñó que ambos abrían los ojos de repente y lo miraban con la desolación con que lo hizo el ave medio muerta que encontró en la senda, y él comenzaba a vomitar plumas de colores que cubrían el cielo. Se despertó de un salto, debían ser las tres de la mañana, y gritando su premonición como antes lo había hecho durante sus accesos de locura, corrió a intentar evitar la tragedia. Nadie lo creyó, lo redujeron, lo sedaron y pensaron en enviarlo de vuelta al psiquiátrico hasta que encontraron los cuerpos de los jóvenes tal y como soñó Aníbal.
Esa misma noche emigraron las aves.
Después del entierro, nadie volvió a hablar de ellos, la vergüenza era más fuerte que la necesidad de expiar el dolor. Aníbal siguió soñando con aves, que cada noche le susurraban mensajes e intentando, a su manera, evitar algunos de sus vaticinios. Con el tiempo incluso hubo quien se atrevió a interesarse por su particular don, y a querer aprenderlo, aunque Carlos y Manuel fueron borrados de la memoria y de las historias del lugar como si no hubieran existido nunca. Sus tumbas, cada año, cuando las aves llegaban al lugar, se llenaban de plumas de vivos colores.
Los habían enterrado a cada extremo del cementerio, con la esperanza de que se olvidaran el uno del otro allá donde estuvieran.
Escogí la senda marchita preguntándome quizá si sería yo también, algún día, protagonista de una de esas antiguas historias. Si caminando entre sus pedregosas y mustias entrañas, podría encontrar mis quince minutos de gloria.
En esa larga senda que en verano era casi un desierto, existía un tramo, conocido como “el recoveco de la sombra”, en el que desde tiempos inmemoriales los habitantes del lugar recordaban haber visto una nube que regalaba sus formas en lo alto del cielo. Era pequeña y negra, de ese color negro que precede a las grandes lluvias y un regalo para la imaginación relatando a los curiosos una historia diferente desde su eterna y vigilante intimidad en las alturas.
Antes, mucho antes de que existieran los partes meteorológicos, cuando las viejas predecían el tiempo a través de señales heredadas, cuando las altas montañas con sombrero eran símbolos claros de una lluvia torrencial y el rosado del cielo auguraba un calor sofocante, nadie nunca se preguntó por qué algo que había estado siempre allí, estaba precisamente en ese lugar, hasta que llegó la sequía y a Teodosio se le ocurrió mover la nube para regar sus cultivos. Pensaba Teodosio en la utilidad de las cosas y discernía, con lógica de silogismo, que la posición de la nube en lo alto de la senda era inútil, que esa nube milenaria, debía ser trasladada donde tuviese una verdadera utilidad, y que ya que cohabitaba, como uno más en el pueblo, debía también trabajar como el resto de los mortales, aunque ella pareciese ser inmortal. Teodosio no fue el único. Con esa lógica aplastante, que lo caracterizaba, convenció a otros agricultores, que desesperados, comenzaron a inventar métodos para desplazar a la que posteriormente se conoció como “la estatua en el cielo”.
Teodosio quiso inventar un aparato que llegara al cielo y que con unos ventiladores, en forma de hélice expulsaran tanto aire como el viento que desplaza a las nubes en otros lugares, pero su volatore llamado así después de encontrar un diccionario de italiano y considerar que un nombre extranjero daría más credibilidad a su sueño, resultó ser como las alas de Ícaro, aunque tuvo más suerte Teodosio, que acabó tan sólo con tres dientes , tres costillas y una pierna rotas y la firme intención de seguirlo intentando, ahora desde tierra firme. Fernando, un agricultor de pocas luces, inventó un instrumento, al que llamó il pescatore, influido obviamente por su amigo Teodosio, que consistía en una larguísima caña de pescar, para cuya construcción empleó meses, y un largo hilo con un anzuelo, con el que quería darle caza a la nube y tirar de ella hasta los áridos campos, con el camión de helados de su cómplice Bernardo. Muchos fueron los inventos e inventores mientras la nube, parecía sonreír en su eterna vigilia porque ahora más que nunca se sentía acompañada. Los vientos, incapaces de mover a la altanera sombra negra sí llevaron, sin embargo, el rumor hasta otros pueblos vecinos. Probablemente llevado por la curiosidad apareció en el pueblo un experto extranjero: Martin Mac Douglas, al que acabaron llamando el Madugla. Cuando llegó al lugar, chapurreaba español como podía y llevaba un pequeño diccionario que parecía su brazo derecho. No sabía el hombre que el lenguaje de este pueblo rural iba más allá de la fonética, la gramática, la morfosintáxis, los estudios léxicos y los lingüistas y que un diccionario no le iba a servir de mucho cuando tuviera que enfrentarse a su casera doña Epifania.
El recién llegado fue aclamado y bienvenido al lugar como lo hubiese sido el mismísimo Salvador. Sólo Teodosio, aturdido por tanta expectación no lograba encajar bien la llegada del que viniera a robarle "su idea". El pueblo entero se ofendió mucho cuando se enteró de que el extranjero no había venido a salvarlos de la sed y el hambre ,de largos meses ya, que seguía provocando la falta de agua, sino a estudiar un fenómeno meteorológico, palabra que ellos eran casi incapaces de pronunciar, cuanto menos de entender. El meteorólogo partió después de pasarse cuatro meses en el pueblo tumbado en la senda observando la nube y sus colores y escribiendo símbolos y palabras en su libretita roja. Al tercer mes, cuando ya era capaz de comprender a algunos de sus vecinos y las historias que se contaban sobre la senda, se preguntó, como yo, si formaría algún día parte de su historia. El día en que se fue, llovió, y todos creyeron que “el extranjero “mentorólogo ése o como se diga”, que era el mote habitual que le daban aquellos que no lo habían tratado en profundidad, les había regalado las lluvias (a pesar, claro está, de que con tanto estudio había sido incapaz de mover la nube) y se había ido como lo hacen las personas humildes, sin pretensiones. Le hicieron una estatua en el centro del pueblo que decía. A Madugla. Por la lluvia. Sólo Teodosio, al ver el monumento en honor a su ladrón de sueños, añadió que tenía que haberse ido antes y no esperar a que la sequía les arruinase el vino.
Elegí la senda marchita buscando tal vez una parte de mí, esa parte que creía compartir con todos, esas historias que nacían del aire y que él mismo llevaba a los labios de ancianos hastiados de contarlas una y otra vez. La caminé despacio y escuché los miedos de los que alguna vez vinieron y decidí que mi historia también sería de todos, también formaría parte de ese paisaje de cuentos que haría que la Senda Marchita jamás se marchitase. Me imaginé mi propia historia parida como un dolor expiado, llenando las mentes del resto de esa identidad propia que nos había dado la senda y entonces, llegué al árbol. El árbol, centenario, “el árbol brujo”, que curó a la pálida y frágil Doña Aurora, cuando apareció hablando sola y dando tumbos en la plaza después de que el pueblo entero la buscara durante casi un mes. Entonces entendí que nuestras vidas estaban unidas por ese árbol milenario. Yo buscaba en la senda un sentido para mi vida y ella la muerte.
Doña Aurora apareció deshidratada y emitiendo un olor extraño que no se iba con nada. La bañaron con romero, con pétalos de rosa, probaron extraños perfumes de jazmín, de hierba buena, y el olor volvía a aparecer. No es que fuera desagradable, es que era tan fuerte que todos los demás olores eran imperceptibles. Casi era difícil percatarse de los sabores de las cosas y hasta las piedras del pueblo estaban impregnadas de ese peculiar aroma que era imposible borrar. Era un olor nuevo y único, tan diferente que no se sabía si era malo o bueno.
Aurora, siempre había vivido sola, no se sabía nada de su vida, era un ser humano sin pasado y sin ninguna historia que le perteneciera, pero desde el día de su regreso las vidas del pueblo entero se vieron impregnadas de su esencia. Aurora, la ausente, la ignorada, la invisible, se convirtió en omnipresente.
Su olor, era como una plaga, y como tal se la trató: debía de ser eliminada.
Se llamó a brujos, a un famoso creador de perfumes del pueblo de al lado (que tuvo que escapar del pueblo por miedo a perder su olfato estando bajo el influjo del constante aroma), metieron a Aurora en la nevera del pescado y el pescado acabó perdiendo su propio olor. Nada conseguía, ni tan siquiera suavizarlo.
Un día Aurora habló. Confesó que se había despertado una mañana con ganas de huir, que su vida le recordaba a la camisa envenenada con la que Deyanira, sin querer, mató a Hércules, la camisa con la que quiso asegurar su fidelidad y por la que lo perdió todo. Y que ella se había convertido en el propio Hércules, sin más salida que lanzarse al fuego de la muerte, sólo que ella no había sido jamás una heroína. La senda, como a mí le hizo olvidar el motivo de su visita y rellenó su cabeza de tantas historias antiguas que casi se alimentó exclusivamente de ellas durante ese mes. Le devolvió su existencia, su presente e incluso le otorgó un escaso e intenso pasado, gracias a ese olor que se convirtió en su identidad. Sólo existimos para quien nos conoce, para quien nos piensa, y Aurora antes de su visita a la senda, por tanto, no existía. A los cuatro meses y catorce días murió. Su olor desapareció con ella, pero los que vivieron esos días aún guardan un poco de su aroma en la memoria y sólo ellos pueden recordarla, porque ella era olor, ese olor indescriptible.
Escogí la senda marchita, como quien busca un sueño revelador de un futuro que ansía construir, indagué en sus historias buscándome a mi mismo, escudriñé sus perfectos pasadizos y busqué en las sombras los restos de una nueva historia. Escogí a sus lagartos y a sus presas, a los ojos de sus piedras y habité en su vientre como un espectro más dentro de su genialidad. Me acogió y me marchitó, con la calma con que lo hacen las viudas negras y fui testigo de su magia, de su tristeza, de su agonía perpetua, entonces ví el pesebre en los picos de grandes aves migratorias, a Teseo llevando una hermosa mujer de vuelta a la humanidad, una nube en forma de corazón que llovía plumas de colores, a perros de ojos de hielo hablando con los lagartos, vi a abogados quemando su prestigio en una hoguera de olores e inventores alados que me saludaban tras ortigas gigantescas. Y lo comprendí, supe en ese momento que quien pasaba por la senda se convertía en un fragmento de ella, y que fueron esos pedacitos de vida, o de imaginación de todos los que la recorrieron, los responsables de su existencia y no viceversa.
Había escuchado mil historias sobre ese lúgubre camino, que en invierno se llenaba de lodo espeso y del color oscuro de los días tristes. Ese camino en el pueblo donde ni las flores se atrevían a crecer quizá por temor a repetir alguna de sus incontables historias.
Contaban los ancianos del lugar que un soñador huyendo de los miedos de la dictadura había escogido, como yo, la senda marchita, y se había refugiado en el pantano. Allí no halló, el pobre diablo, más que hierbajos y algún que otro lagarto que echarse a la boca y permaneció escondido durante tres años, siete meses y cincuenta y dos días, esperando, tal vez, la suerte del olvido.
Cuando, aislado del mundo, se convirtió en amo y señor de su propio espacio y tiempo, llegó la mano del orden a recordarle que ni siquiera Cronos pudo librarse de su penitencia. El castigo, baluarte del poder y del miedo, aunque yacía ya olvidado en algún recoveco de su también marchita memoria logró encontrarlo. El viejo, medio loco y con la piel en los huesos escogía piedras sobre las que colocaba hierbajos secos y barro, y presentó a sus futuros asesinos su obra, una especie de pesebre al que él llamaba la cuna de la libertad, como un regalo. En ese mismo instante, e irónicamente con total libertad, lo privaron de su vida. Lo hicieron con la prisa de quien prefiere acatar las normas sin cuestionarlas.
Aún antes de su último suspiro, y en medio del dolor, le dio tiempo, al desgraciado soñador, de explicar que igual que Cristo había nacido en un pesebre como un desconocido por todos y había dejado un legado inmenso a la humanidad, su peculiar obra quedaría como símbolo imborrable de una libertad que estaba naciendo. Tampoco el símbolo sobreviviría a la guillotina despótica de la autoridad más antigua, la de la ignorancia. Una vez muerto el artesano, despedazaron la cuna y metieron los trozos en su boca sin aliento, para que su espíritu vagabundo y el pueblo entero, viera como esa misma libertad, aún no nacida, era lo que no le permitiría hablar en la eternidad del infierno. Con la boca cerrada lo enterraron, una boca repleta de metáforas secas.
Escogí la senda marchita, esa senda cubierta de historias de otros, de enamorados que regalaban a los días secos, besos adolescentes y letanías de amores fugaces, de una paz silenciosa que generaba miedo. Muchos decían que danzaban por ella perros vagabundos con dientes afilados y los ojos de hielo, perros que en sus fauces escondían los pecados de quien alguna vez pasó por la vereda. Se decía que Alonso, el abogado hijo de Narciso, antes agricultor, después peón, el abogado que ya no hablaba con la prole, porque su elitista y abyecto lenguaje y la incapacidad de sus vecinos de entender sus ideas le impedían la comunicación. Alonso, antes Alonsito, que tuvo que esperar diez años para obtener el título porque eligió la carrera pensando en lo que de él se hablaría sin tener ni una pizca de interés en leyes ni juzgados, había sido, una vez, atacado por un perro de la senda. Hasta las esquinas más recónditas del pueblo conocían las andanzas de Alonsito visitando a escondidas la casa de la bella Pilar “la fogosa”. Esperaba a escondidas, bajo la ventana para contemplar como Pilar se desnudaba y proporcionaba placer a sus paisanos por unas cuantas monedas. Pilar, sin embargo, era la fogosa de todos menos de Alonso, que conocía la ley y censuraba a los que de la mañana a la noche rociaban sus ansias en el espectacular cuerpo de la Afrodita del lugar. Una tarde en que Pilar le escuchó criticar su desvergüenza, a voz en grito, en medio del mercado, le cerró las cortinas de la alcoba, después de mirarlo fijamente para que supiera que se lo iba a perder porque ella misma, la desvergonzada meretriz con la que seguro soñaba por las noches, así lo había decidido. Dolido y humillado, Alonso la delató a una policía ya conocedora y frecuentadora activa de los placeres frugales de la carne, que ante la insistencia del abogado y el miedo a la ley, no tuvo más remedio que detenerla. Pilar partió al presidio y Alonso se encontró con unas tardes ociosas y vacías de adrenalina. Cuando en una de ellas, como yo, se dirigió a la senda marchita, regresó herido, atontado y con la vista perdida, hablando de los perros del camino y con ellos. Al lavarle la cara amoratada y bañada en sangre descubrieron que le faltaba un ojo. Uno de hielo ocupó su lugar. Su pecado, más vil que el de “la fogosa”, aparecería cada día en el espejo para recordarle que todos los habitantes del pueblo, a quienes, cual Prometeo, había robado el fuego de Pilar, se alegraban de saber que con los abogados también se hacía justicia.
Elegí la Senda marchita, un remanso de paz para aves migratorias, para espejos de mí mismo, que con el rumbo tatuado en la sien de los años recorrían cada primavera el cansancio y el luto de una mudanza forzosa. La recorrí, como ellas, sin conocer mi destino y aún así me llené del bagaje de sus plumas. Corría la voz de que cada año, su llegada vaticinaba un desastre y no pocos eran los que se acercaban a ellas con el ánimo de un investigador furtivo a indagar en su oráculo las sutiles señales de la tragedia. Aníbal, un fornido y agraciado conquistador venido a menos, después de pasar más de cinco años en el psiquiátrico de la capital, tras repentinos ataques de locura, era el consagrado artífice de esta inusitada extravagancia. Todo comenzó, después de regresar del manicomio, con una mirada nueva y una paz antes desconocida, cuando auguró el doble suicidio. Como a Kassandra, de poco le sirvió correr la voz entre los vivos, los muertos ya tenían reservado un lecho de plumas cenicientas para sus futuros recién llegados.
Aníbal decía que tenía sueños, en los que se le revelaban los misterios de la “lectura de plumas” y cuando las aves llegaban al pueblo, un vínculo extraño y más poderoso que sus obligaciones lo amarraba a su compañía con una fuerza incomprensible para el resto. El propio Aníbal contaba su historia, con sus grandes ojos verdes exaltados y gracia de narrador de teatro griego. Una mañana, muy temprano, decía, cuando sus ojos aún estaban cerrados por el letargo del sueño, sintió que algo en la senda lo llamaba y caminó hacia allí casi sonámbulo y descalzo, sintiendo, como yo, el dolor punzante de ortigas que por derecho de años eran propietarias del terreno. Anduvo Aníbal con ánimo y fe ciegos hasta que en el camino encontró uno de esos pájaros medio muerto, y a su lado un corazón hecho de plumas que, según él sintió y declaró, debía haber sido hecho por el propio pájaro. Aníbal no supo qué pensar, pero cuando el pájaro lo miró a los ojos en su último suspiro, no pudo evitar vomitar sobre las ortigas el frío del susto y desde ese momento supo que su vida estaría ligada a la de estas aves para siempre. Volvió a casa haciéndose preguntas y conjeturando frente a un café caliente sobre lo sucedido. Cuando la tarde comenzaba a ahogarse en el mar de sus propias dudas, cuenta Aníbal, que estando medio dormido, como en trance, un ave se posó en su ventana. La siguió, y llegó hasta la senda. Allí el ave lo guió hasta una cueva oscura en la que yacían restos de comida hacinados en bolsas bien cerradas, flores y una especie de altar hecho con una antigua puerta de madera. En ella habían tallado un corazón, el mismo del que el pájaro vino a advertirle y en su centro habían colocado un papel en el que decía:
Sólo la muerte nos permitirá dejar encendida esta pasión por toda la eternidad
Y a través de ella abriremos una puerta a los que, como nosotros no pueden expresar libremente su amor.
Sin entender nada, se marchó. Esa noche soñó con un ave enorme de plumas púrpura, que lo llevaba hasta la senda y le mostraba los cadáveres abrazados de dos jóvenes en el centro de aquel “pseudoaltar” en la cueva. Eran Carlos y Manuel, que en su sueño parecían descansar para siempre en el centro de un corazón latente. Soñó que ambos abrían los ojos de repente y lo miraban con la desolación con que lo hizo el ave medio muerta que encontró en la senda, y él comenzaba a vomitar plumas de colores que cubrían el cielo. Se despertó de un salto, debían ser las tres de la mañana, y gritando su premonición como antes lo había hecho durante sus accesos de locura, corrió a intentar evitar la tragedia. Nadie lo creyó, lo redujeron, lo sedaron y pensaron en enviarlo de vuelta al psiquiátrico hasta que encontraron los cuerpos de los jóvenes tal y como soñó Aníbal.
Esa misma noche emigraron las aves.
Después del entierro, nadie volvió a hablar de ellos, la vergüenza era más fuerte que la necesidad de expiar el dolor. Aníbal siguió soñando con aves, que cada noche le susurraban mensajes e intentando, a su manera, evitar algunos de sus vaticinios. Con el tiempo incluso hubo quien se atrevió a interesarse por su particular don, y a querer aprenderlo, aunque Carlos y Manuel fueron borrados de la memoria y de las historias del lugar como si no hubieran existido nunca. Sus tumbas, cada año, cuando las aves llegaban al lugar, se llenaban de plumas de vivos colores.
Los habían enterrado a cada extremo del cementerio, con la esperanza de que se olvidaran el uno del otro allá donde estuvieran.
Escogí la senda marchita preguntándome quizá si sería yo también, algún día, protagonista de una de esas antiguas historias. Si caminando entre sus pedregosas y mustias entrañas, podría encontrar mis quince minutos de gloria.
En esa larga senda que en verano era casi un desierto, existía un tramo, conocido como “el recoveco de la sombra”, en el que desde tiempos inmemoriales los habitantes del lugar recordaban haber visto una nube que regalaba sus formas en lo alto del cielo. Era pequeña y negra, de ese color negro que precede a las grandes lluvias y un regalo para la imaginación relatando a los curiosos una historia diferente desde su eterna y vigilante intimidad en las alturas.
Antes, mucho antes de que existieran los partes meteorológicos, cuando las viejas predecían el tiempo a través de señales heredadas, cuando las altas montañas con sombrero eran símbolos claros de una lluvia torrencial y el rosado del cielo auguraba un calor sofocante, nadie nunca se preguntó por qué algo que había estado siempre allí, estaba precisamente en ese lugar, hasta que llegó la sequía y a Teodosio se le ocurrió mover la nube para regar sus cultivos. Pensaba Teodosio en la utilidad de las cosas y discernía, con lógica de silogismo, que la posición de la nube en lo alto de la senda era inútil, que esa nube milenaria, debía ser trasladada donde tuviese una verdadera utilidad, y que ya que cohabitaba, como uno más en el pueblo, debía también trabajar como el resto de los mortales, aunque ella pareciese ser inmortal. Teodosio no fue el único. Con esa lógica aplastante, que lo caracterizaba, convenció a otros agricultores, que desesperados, comenzaron a inventar métodos para desplazar a la que posteriormente se conoció como “la estatua en el cielo”.
Teodosio quiso inventar un aparato que llegara al cielo y que con unos ventiladores, en forma de hélice expulsaran tanto aire como el viento que desplaza a las nubes en otros lugares, pero su volatore llamado así después de encontrar un diccionario de italiano y considerar que un nombre extranjero daría más credibilidad a su sueño, resultó ser como las alas de Ícaro, aunque tuvo más suerte Teodosio, que acabó tan sólo con tres dientes , tres costillas y una pierna rotas y la firme intención de seguirlo intentando, ahora desde tierra firme. Fernando, un agricultor de pocas luces, inventó un instrumento, al que llamó il pescatore, influido obviamente por su amigo Teodosio, que consistía en una larguísima caña de pescar, para cuya construcción empleó meses, y un largo hilo con un anzuelo, con el que quería darle caza a la nube y tirar de ella hasta los áridos campos, con el camión de helados de su cómplice Bernardo. Muchos fueron los inventos e inventores mientras la nube, parecía sonreír en su eterna vigilia porque ahora más que nunca se sentía acompañada. Los vientos, incapaces de mover a la altanera sombra negra sí llevaron, sin embargo, el rumor hasta otros pueblos vecinos. Probablemente llevado por la curiosidad apareció en el pueblo un experto extranjero: Martin Mac Douglas, al que acabaron llamando el Madugla. Cuando llegó al lugar, chapurreaba español como podía y llevaba un pequeño diccionario que parecía su brazo derecho. No sabía el hombre que el lenguaje de este pueblo rural iba más allá de la fonética, la gramática, la morfosintáxis, los estudios léxicos y los lingüistas y que un diccionario no le iba a servir de mucho cuando tuviera que enfrentarse a su casera doña Epifania.
El recién llegado fue aclamado y bienvenido al lugar como lo hubiese sido el mismísimo Salvador. Sólo Teodosio, aturdido por tanta expectación no lograba encajar bien la llegada del que viniera a robarle "su idea". El pueblo entero se ofendió mucho cuando se enteró de que el extranjero no había venido a salvarlos de la sed y el hambre ,de largos meses ya, que seguía provocando la falta de agua, sino a estudiar un fenómeno meteorológico, palabra que ellos eran casi incapaces de pronunciar, cuanto menos de entender. El meteorólogo partió después de pasarse cuatro meses en el pueblo tumbado en la senda observando la nube y sus colores y escribiendo símbolos y palabras en su libretita roja. Al tercer mes, cuando ya era capaz de comprender a algunos de sus vecinos y las historias que se contaban sobre la senda, se preguntó, como yo, si formaría algún día parte de su historia. El día en que se fue, llovió, y todos creyeron que “el extranjero “mentorólogo ése o como se diga”, que era el mote habitual que le daban aquellos que no lo habían tratado en profundidad, les había regalado las lluvias (a pesar, claro está, de que con tanto estudio había sido incapaz de mover la nube) y se había ido como lo hacen las personas humildes, sin pretensiones. Le hicieron una estatua en el centro del pueblo que decía. A Madugla. Por la lluvia. Sólo Teodosio, al ver el monumento en honor a su ladrón de sueños, añadió que tenía que haberse ido antes y no esperar a que la sequía les arruinase el vino.
Elegí la senda marchita buscando tal vez una parte de mí, esa parte que creía compartir con todos, esas historias que nacían del aire y que él mismo llevaba a los labios de ancianos hastiados de contarlas una y otra vez. La caminé despacio y escuché los miedos de los que alguna vez vinieron y decidí que mi historia también sería de todos, también formaría parte de ese paisaje de cuentos que haría que la Senda Marchita jamás se marchitase. Me imaginé mi propia historia parida como un dolor expiado, llenando las mentes del resto de esa identidad propia que nos había dado la senda y entonces, llegué al árbol. El árbol, centenario, “el árbol brujo”, que curó a la pálida y frágil Doña Aurora, cuando apareció hablando sola y dando tumbos en la plaza después de que el pueblo entero la buscara durante casi un mes. Entonces entendí que nuestras vidas estaban unidas por ese árbol milenario. Yo buscaba en la senda un sentido para mi vida y ella la muerte.
Doña Aurora apareció deshidratada y emitiendo un olor extraño que no se iba con nada. La bañaron con romero, con pétalos de rosa, probaron extraños perfumes de jazmín, de hierba buena, y el olor volvía a aparecer. No es que fuera desagradable, es que era tan fuerte que todos los demás olores eran imperceptibles. Casi era difícil percatarse de los sabores de las cosas y hasta las piedras del pueblo estaban impregnadas de ese peculiar aroma que era imposible borrar. Era un olor nuevo y único, tan diferente que no se sabía si era malo o bueno.
Aurora, siempre había vivido sola, no se sabía nada de su vida, era un ser humano sin pasado y sin ninguna historia que le perteneciera, pero desde el día de su regreso las vidas del pueblo entero se vieron impregnadas de su esencia. Aurora, la ausente, la ignorada, la invisible, se convirtió en omnipresente.
Su olor, era como una plaga, y como tal se la trató: debía de ser eliminada.
Se llamó a brujos, a un famoso creador de perfumes del pueblo de al lado (que tuvo que escapar del pueblo por miedo a perder su olfato estando bajo el influjo del constante aroma), metieron a Aurora en la nevera del pescado y el pescado acabó perdiendo su propio olor. Nada conseguía, ni tan siquiera suavizarlo.
Un día Aurora habló. Confesó que se había despertado una mañana con ganas de huir, que su vida le recordaba a la camisa envenenada con la que Deyanira, sin querer, mató a Hércules, la camisa con la que quiso asegurar su fidelidad y por la que lo perdió todo. Y que ella se había convertido en el propio Hércules, sin más salida que lanzarse al fuego de la muerte, sólo que ella no había sido jamás una heroína. La senda, como a mí le hizo olvidar el motivo de su visita y rellenó su cabeza de tantas historias antiguas que casi se alimentó exclusivamente de ellas durante ese mes. Le devolvió su existencia, su presente e incluso le otorgó un escaso e intenso pasado, gracias a ese olor que se convirtió en su identidad. Sólo existimos para quien nos conoce, para quien nos piensa, y Aurora antes de su visita a la senda, por tanto, no existía. A los cuatro meses y catorce días murió. Su olor desapareció con ella, pero los que vivieron esos días aún guardan un poco de su aroma en la memoria y sólo ellos pueden recordarla, porque ella era olor, ese olor indescriptible.
Escogí la senda marchita, como quien busca un sueño revelador de un futuro que ansía construir, indagué en sus historias buscándome a mi mismo, escudriñé sus perfectos pasadizos y busqué en las sombras los restos de una nueva historia. Escogí a sus lagartos y a sus presas, a los ojos de sus piedras y habité en su vientre como un espectro más dentro de su genialidad. Me acogió y me marchitó, con la calma con que lo hacen las viudas negras y fui testigo de su magia, de su tristeza, de su agonía perpetua, entonces ví el pesebre en los picos de grandes aves migratorias, a Teseo llevando una hermosa mujer de vuelta a la humanidad, una nube en forma de corazón que llovía plumas de colores, a perros de ojos de hielo hablando con los lagartos, vi a abogados quemando su prestigio en una hoguera de olores e inventores alados que me saludaban tras ortigas gigantescas. Y lo comprendí, supe en ese momento que quien pasaba por la senda se convertía en un fragmento de ella, y que fueron esos pedacitos de vida, o de imaginación de todos los que la recorrieron, los responsables de su existencia y no viceversa.
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